COLUMNA REDESCUBRIENDO ´El Suicidio en las Sociedades Consumistas´

Opinión - 2018/08/21

José Miguel Cuevas D./CDN

La modernidad y sus transformaciones en el orden social fueron retomadas por una gran variedad de autores. Émile Durkheim desarrolla el concepto de anomia en La División del Trabajo Social y El Suicidio, identificando el momento en el que los vínculos sociales se debilitan y la sociedad pierde su fuerza para integrar y regular adecuadamente a los individuos, generando fenómenos sociales tales como el suicidio. El concepto tuvo un gran impacto en la teoría sociológica y fue retomado por otros teóricos que lo aplicaron para estudiar diversas problemáticas. En particular, resulta interesante la perspectiva de autores tales como Talcott Parsons, Robert Merton, Harold Garfinkel, Herbert McClosky, entre otros.

En su obra El Suicidio Durkheim define a la sociedad como el conjunto de sentimientos, ideas, creencias y valores que surgen a partir de la organización individual a través de este tipo de grupo y que tiene una existencia diferente y superior a cada uno de sus miembros, es decir, que existe gracias al grupo pero no está en ninguno uno de ellos de forma individual. En La División del Trabajo Social (1893), el autor sostiene que cada una de las actividades que se llevan a cabo en la sociedad tiene una función; dependiendo del nivel de desarrollo de la misma, se responderá a diversos elementos tales como ideas o sentimientos comunes, búsqueda de la eficiencia; lazos identificados por el autor como hay verdades absolutas ni estables. De esta forma, el paso de una sociedad tradicional a una moderna implicará la transformación de dichos lazos y, en consecuencia, de la forma como las normas y la conducta se desarrollan.

En este sentido, la visión sociológica que le imprime Durkheim al concepto de anomia partiendo del cambio histórico de una sociedad a otra (la modernidad), en la actualidad debemos establecer una descripción que el teólogo Jorge Erdely ha denominado: sociedad contemporánea hedonista, que perfectamente tiene relación con la anomia de Durkheim.

La sociedad contemporánea se aferra a un ideal epicúreo de la existencia y por el mismo rechaza la idea del sufrimiento como parte de la vida. Sin embargo, irónicamente esta misma idolatría del placer (egoísmo) ha producido miseria y tragedias en el mundo como nunca antes en la historia de la humanidad. El sufrimiento es parte de la existencia humana y como tal no existe la opción de substraerse sino sólo la de elegir porque causa padecerlo. Para la sociedad contemporánea, mediática y consumista que se rige por la ética de economía de mercado y del status, las cosas sencillamente son distintas. Cuando el sufrimiento humano es trivializado, o su reconocimiento queda supeditado a factores como status, productividad y nacionalidad, es necesario cuestionar todo el paradigma de valores en que está sustentada la nueva cultura de la globalización, y nuestras nociones de progreso. En otras palabras, se necesita repensar la llamada civilización Occidental.

Y es que en esta sociedad hedonista, mediática y consumista es en la que se han dado el mayor número de suicidios en la historia de la sociedad moderna. Los valores de la sociedad occidental forman seres insensibles, ensimismados, con grandes insatisfacciones y frustraciones; sin un sentido de vida claro que abarque el fortalecimiento del espíritu. La mera sugerencia de redefinición radical de metas, metas que muchas veces se han perseguido toda la vida, metas en ocasiones en sí mismas no tienen carácter ético negativo, pero que para la persona se han constituido en su vida misma, resulta ofensiva en una época en donde slogan como realización personal, individualismo y diferentes perversiones del concepto de individualidad, han ayudado a crear una comparta mentalización de la vida cotidiana que era desconocida en las sociedades con fuertes lazos comunales y familiares. Las sociedades consumistas provocan que los lazos familiares sean efímeros, se rompan o simplemente que no existan. La alza de divorcios así los demuestra1, pero además, las familias que siguen unidas atraviesan por crisis emocionales fuertes que provoca la falta de comunicación con los otros miembros, y en muchos casos, motivando la conducta suicida en adolescentes y jóvenes. El caso de José un joven yucateco de 21 años de edad, de clase media-alta que intentó suicidarse nos demuestra cómo los lazos familiares desgastados pueden provocar anomia e intentar quitarse la vida.

Me sentía solo, no tenía la atención de mis papás, a veces ni llegaba a dormir y ellos ni en cuenta, me fui volviendo más rebelde, y me metí en muchos problemas porque empecé a tomar alcohol más de lo norma.



1 El Economista. 14 de febrero del 2016.

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